lunes, 10 de noviembre de 2008

Fábula del dinosaurio daltónico Opus 63

La gente común cree que los dinosaurios eran verdes –quizá no de un color sólido, pero sí al menos verdosos. Los científicos en cambio proponen que así como entre los seres humanos hay tantas variaciones de color como individuos, entre los dinosaurios habría una gama bastante amplia que abarcaría desde un rojo más o menos intenso hasta un marrón tirando a gris. Lo cierto es que ninguno tiene la razón: los dinosaurios eran rosas, muy rosas.
El error es producto del azar y está vagamente fundado en un hecho. Por supuesto, como todas las leyes, el rosado dinosáurico podía tener sus excepciones, y la historia del verde dinosauril es la historia de esa excepción.

Ei era un apatosaurio verde –el único verde sobre la tierra–, pero no lo sabía, porque era daltónico. Digámoslo de otra manera, sabía que era “verde” porque los demás le decían que era “verde”, pero él se veía a sí mismo rosa y entendía “rosa” por “verde”. Así, los demás dinosaurios, rosas todos ellos, siendo “rosas” para Ei, eran para su mirada verdes. Y él amaba lo que veían sus ojos en los demás y se detestaba a sí mismo por ser “verde”, sin saber que si hubiera visto bien, se hubiera amado. El color verde –el que vemos los que no somos daltónicos– le parecía no sólo hermoso en sí mismo, sino además sumamente apropiado a las demás características dinosauriosas; mientras que el rosa –ídem–, le resultaba francamente ridículo. ¿Quién diría que, sin quererlo, legaría al mundo su propia concepción de la belleza y la verdad?
Si el suicidio se hubiera inventado ya, Ei lo hubiera puesto en práctica desde la más temprana infancia, pero la tristeza le provocaba tal apatía que pensaba lo mínimo indispensable, así que la idea nunca le vino por la cabeza.
Ei acostumbraba ir al lago todas las mañanas después de desayunar. Iba para mirar su reflejo y lamentarse, ocupación que le retenía el resto del día. No hacía más que seguir a las nubes sobre el cielo amarillo. Si lo pensamos bien, la vaga tendencia autodestructiva de Ei se explica perfecto si consideramos el mundo que él veía: un cielo constantemente amarillo (nervios de punta), una selva de plano roja (sed de sangre) y las flores –que sí deberían tener colores vivos, como contraste y recreación–, frías (depresión).
En esas estaba aquel aciago día cuando a media tarde se acercó otra apatosauria, rosa ella sí, a llevar a cabo la misma actividad de Ei, mirarse y odiarse. Ella se llamaba Alp y aquella hubiera sido su primera vez si no se hubiera encontrado con el apatosaurio de sus sueños. Alp no sólo compartía con Ei su tendencia levemente autodestructiva, además consideraba que el verde –el verde verde– armonizaría mejor con la dinosaurez. En ella era sólo una intuición, pues nunca, hasta ese instante había tenido ante sí un ejemplar real. Para Alp aquello fue como miles de insectos recorriendo su enorme espalda, un hervir, un explotar, una inyección de vida, y dejó a un lado su natural timidez para declararle a Ei no sólo su admiración sino de plano un amor que no tendría parangón jamás.
Y no lo tuvo, porque aquella confesión, si bien cambió para Ei la forma de ver el mundo y obró en él de igual manera un hervir y un explotar, esa nueva energía le sirvió para una cosa: inventar el suicidio. Él, Ei, ocupaba un lugar en el mundo y no era sólo distinto, sino que le importaba a alguien. Un dinosaurio “verde” no tenía derecho a ser feliz. Y caminó pesadamente hacia el centro del lago sin mirar atrás.
Alp sufrió mucho un largo tiempo, pero después fue moderadamente feliz. Siempre deseó secretamente sin embargo que algún hijo le saliera verde verde. Y todos los que tuvo llevaron Ei por segundo nombre. Su marido, por supuesto, nunca conoció el motivo.
El cuerpo de Ei no se hundió. Flotó hinchado hacia un fiordo cercano y allí quedó congelado hasta que lo encontró un monje paleontólogo. Nunca más se han encontrado restos de dinosaurios que conserven la piel, por eso la gente común cree que los dinosaurios eran verdes... como a Ei le hubiera gustado.

1 comentario:

Patancito dijo...

Pobre Ei, si tan sólo hubiera sabido que Alp podría haberlo hecho tan feliz, si tan sólo lo hubiera permitido...pero prefirio pensar que no lo merecía. Es un cuento triste, pero que bueno que se murio Ei porque de lo contrario Alp hubiera sido infeliz con él si éste no permitía que lo quisieran. En verdad que tenía dos opciones y eigió la más egoista. Supongo que así eran los dinosaurios machos, egoistas. Pero Alp, pobre ingenua, esperando y esperando como Penélope, en este caso un niño verde, pero si Ei se hubiera con ella, seguiría esperando y esperando a que Ei se diera cuenta de cuánto lo quería.