domingo, 4 de enero de 2009

Fábula del sapo japo Opus 65

Esta es la historia de una princesa, “La princesa de la boca de frambuesa”, mejor conocida entre quienes peor la conocen como: “La princesa de la boca de fresa”, error que a primera instancia podría parecer poco significativo, pero que desvela un absoluto desconocimiento –y desinterés– de su esencia. Y es que nuestra princesa es radicalmente distinta a todas las demás. Nació y creció en un castillo, tiene por padre a un rey y por madre a una reina, fue raptada alguna vez por un dragón y rescatada por un caballero y estaba destinada a besar sapos para encontrar a su príncipe azul. Hasta aquí todo parece común, podemos imaginarla encontrando, efectivamente, a su príncipe azul, casándose con él y siendo felices para siempre. Ocurre, sin embargo, que a nuestra princesa los sapos le causaban más que horror, un asco casi metafísico, porque considera que esos ojos saltones no pueden ser signo más que de una absoluta viscosidad interior.

Todos los sapos aspirantes a príncipes se reunían en la misma ribera del riachuelo, en las horas en que el sol comienza a pintar de anaranjado el cielo, y entonaban sus mejores croares con sus labios en posición de besar, produciendo así un amasijo sonoro incomprensible. Nuestra princesa evitaba a toda costa pasar cerca de allí, de manera que en sus paseos se veía obligada a dar un largo rodeo para llegar al único lugar donde se sentía en paz, un remanso detrás de una gran roca. Esto lo sabían todos, pero los sapos son tan empecinados que nunca pensaron siquiera en seguirla. Nadie podía imaginarla encontrando a su príncipe azul, casándose con él y siendo felices para siempre. Todos la imaginaban envejeciendo sola y muy probablemente amargada.
Había un sapo distinto a los demás en tres características: la primera, que tenía los ojos alargados, igual de saltones pero cerrados en rendija, lo que le valió el apodo de “El sapo japo”; la segunda, que era despistado y nunca se enteraba de nada; la tercera, que no tenía aspiraciones de convertirse en príncipe. Estas tres, ligadas una a la otra por motivos probablemente psapológicos, ocasionaron una cuarta: el sapo japo fue el único que un día apareció en el remanso de paz de la princesa. Ella ahogó un grito al verlo de reojo, pero se tranquilizó al darse cuenta de que sus ojos no eran saltones –“tan saltones”, corrigió luego–, de que no croaba ni ponía los labios en posición de besar y, finalmente, de que estaba a varios metros de distancia y no tenía intenciones de acercarse.

Unas dos semanas después hablaban del clima. A los dos meses se preguntaron el nombre y la edad. Después de medio año, el sapo japo se enteró de que ella era la famosa princesa de la boca de fresa –“de frambuesa”, corrigió luego. Al año hablaban de su infancia y sus aspiraciones en la vida, recostados uno al lado del otro, mirando las nubes, primero, y luego las estrellas.
Ella tuvo la iniciativa, lo hizo deseando fervorosamente que no se convirtiera en príncipe, que no cambiara, lo besó por sorpresa con su boquita roja con sabor a frambuesa. Él deseo convertirse en príncipe, no porque sus aspiraciones hubieran cambiado, sino simplemente para no darle asco. Ninguna de sus predicciones o deseos se cumplió. Él no se convirtió en príncipe humano, pero desde su saponidad es el mejor príncipe del que se tiene memoria. Así que ésta es también la historia de un sapo, “El sapo japo”, el único que sin querer ser príncipe, llegó a serlo sin serlo.

¡Ah!... y fueron felices para siempre... la mayor parte del tiempo...

1 comentario:

Patancito dijo...

Ay ya casi que podría soportar a los sapos, pero de lejos.
Creo que cuando uno dice la frase: "fueron felices por siempre" es porque sabe que al plantear las cosas en pasado no es porque ya no existan, ni porque fueron importantes en algún momento sino porque es precisamente en el pasado donde no se pueden cambiar las cosas. Prefiero el fueron, con su presente y su futuro que en algún momento se convertirá en pasado, y en certero.