jueves, 12 de febrero de 2009

Cartas Opus 72

Mi relación con las letras, con la palabra escrita, ha sido fundamental desde que era muy pequeño. Nunca he hablado mucho, jamás consigo encontrar la forma adecuada para expresar lo que quiero decir, pienso de una manera muy desordenada. Siempre termino diciendo cosas que no quiero decir (no porque deba ocultarlas), sino porque no existen. Con el afán de construir un discurso coherente, comienzo a rellenar esos huecos que se producen cuando no se cómo decir algo, con cualquier otra cosa que quepa allí.
Cuando escribo, en cambio, no sé qué extraño proceso opera en mi mente, pero todo se ordena. Quizá sea porque en mi casa la gente no habla mucho, fui criado por la biblioteca de mi abuelo (y por él, que también era su biblioteca). Por eso escribir es para mí una necesidad, una necesidad comunicativa de primer orden, no un lujo o un capricho. No estoy diciendo que lo haga bien, sólo que lo hago mejor de como hablo.
(Dicho sea de paso: Desconfío de los escritores brillantes al hablar. Para ellos escribir sí es un lujo, algo superficial de lo que podrían prescindir. Pero Rulfo, por ejemplo...)
Por todo esto, desde niño he escrito cartas cuando necesito decir cosas importantes. En las fechas importantes yo siempre regalaba cartas. Mi abuela y mi madre, por ejemplo, deben tener una por cada cumpleaños, navidad y día de la madre. Y los que mejor me conocen y me aman también saben que la mejor manera de comunicarse conmigo es por escrito, también me escriben cartas.
Hace un tiempo dejé de escribir cartas. Fue un periodo largo, más de cinco años. Me dediqué a "vivir". Volteando atrás veo que durante esa época nunca logré comunicarme. Últimamente me ha dado por hablar mucho -dentro de mis parámetros, sigo siendo poco más que una ostra-, y algunas personas que creían conocerme muy bien, me desconocen por completo. Soy uno cuando escribo, otro cuando hablo. Y es que cuando escribo puedo elegir cuidadosamente las palabras, cada una, y aquello se convierte en un regalo. El mundo es caótico, pero cuando lo escribo parece tener sentido. Es como si, de entre todos los mundos posibles (hay tantos mundos como interpretaciones), pudiera elegir uno, el que a mi ver es más bello, para regalarlo. Esto no es un engaño, es un acto de amor, como cuando limpias tu espacio para que esa persona especial te visite. Es un detalle.
En los últimos tiempos he reanudado esa sana costumbre de escribir y recibir cartas. Son el mejor remedio para el mal de la distancia. Gracias a la internet uno puede verse y oírse, es cierto, pero una carta es como un abrazo. Basta leerla para escuchar la voz de esa persona especial, la voz que uno recuerda; para mirar su boca hablando, la boca que es nada más de uno, la boca íntima; sus manos tocaron el mismo papel, es como tocar sus manos...
Curiosamente en dos días filmamos un corto sobre una carta, sobre una mujer que le regala a su madre en una carta, una realidad mejor de la que tiene.
La vida siempre me ha tratado bien, actúa en los momentos oportunos. Justo cuando pienso en todo esto, he recibido una carta, probablemente la más bella que haya recibido jamás. Una carta que me habla precisamente de cómo elegimos para el otro lo mejor posible, lo mejor que está en nuestras manos. Una carta que, sin embargo, acepta las limitaciones, lo posible no siempre es lo idóneo. Una carta que recuerda que los "peros" son aquello que nos hace humanos. Una carta que es invencible precisamente porque hace de lo frágil su sustento. La carta perfecta para este momento de mi vida, la que ha llegado (pese y gracias a su retraso) en el momento justo. Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias...
Y ahora una postdata: Con todo y lo buena que es la vida conmigo, también le gusta hacer chistes.


2 comentarios:

LSz. dijo...

La apología a la carta suena hasta bucólica, pero la creo. Nisiquiera estoy muy seguro de que sea un remedio, pero de que es un don, lo creo.

Saludos de otro escritor de cartas, muchas.

Güevo dijo...

Saludos muchos. ¿Cómo va todo por allá?